Al que sabe le duele.
No al que escribe,
no al que habla.
Al que sabe y siente y se duele
de sentir y saber.
Al otro que está enfrente,
entibiado de vivirse o ver morir
lo que se va dejando.
Sabe, el que anda la ciudad,
el que a diario deja caer su bulto de muerte.
Es el fuego quien sufre cuabdo quema
y la mano, la gozosa, suplicando de ardor
que se llenó de ampollas.
Igual al mundo, ampollada,
estallándose y manando sin gracia.
¡ay, corazón!
No viviras hora mejor
que la de tu ataque masivo,
no sentirás la ciudad si no es
por su golpes.
¿Quién lo niega?
(Ahora veamos cómo envejecen los ramalazos
mientras calienta la luna el desperdicio).
También el humo,
sus lágrimas disueltas, los cantores
sin atreverse a decir que duermen
ceñidos a fumarolas oscuras.
Los viejos llorando
por un pasado jamás revenido,
imágenes nada más, resonancias.
Sólo en sueños tocaron eso que hablan,
lo que se les suelta y escupen.
Y nosotros, uncidos a la bulla,
bailando en ella, alimentándonos,
sumisos al pasado que nos niega,
a lo que viene con zapateo lento.
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