En el interior de todos nosotros, hay algo que anhela la paz. En los momentos en los que reina el caos, anhela la paz; cuando sentimos desconfianza, anhela la confianza; cuando sufrimos, algo en nuestro interior busca un atisbo de esperanza, de alivio.
El ser humano necesita amar, amar y sentir amor. Pero la cuestión es: ¿de dónde va a provenir ese amor? El ser humano necesita confiar, pero ¿qué es lo que le va a proporcionar esa confianza? ¿Qué hay que sea digno de confianza? ¿Qué es lo que le dará el apoyo que necesita en su vida? De igual modo, es indudable que el ser humano necesita paz. De hecho, esta
necesidad es prácticamente ineludible, pues hay una sed innata en todo ser humano. La cuestión es: ¿de dónde va a provenir esa paz?
No es la mente la que necesita paz, sino el corazón. La mente y el intelecto no pueden captarla, tienen una función distinta.
La paz, la alegría y la auténtica felicidad no existen para que pensemos sobre ellas, sino para que las sintamos. Detrás del hecho de estar vivo se esconde un sentimiento. No hay explicación que valga. Es algo que debemos sentir porque eso es lo que nos reconforta. En ese sentimiento hay alegría, hay satisfacción. Y hemos de vivir la vida desde ese sentimiento. Creemos que necesitamos una explicación de lo que es la paz, pero la paz no se puede explicar; sólo se puede sentir. La satisfacción hay que sentirla. Cuando estamos satisfechos, algo dentro de nosotros dice muy claramente: “Sí, estoy lleno”. Si uno tiene sed, no le servirán de nada mil fotos de otras personas bebiendo agua. Lo único que puede satisfacer a esa persona es beber agua.