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Música y danza en la FLAH
AFRIKALCO, LA CASA DE ÁFRICA EN MÉXICO
*** El ensamble compuesto por los grupos Okahnini y Soneros abrió las actividades musicales de la feria
*** En su música mezclan ritmos africanos con sones de diferentes regiones mexicanas; sensibilizar y rescatar el legado de estas culturas, sus objetivos
El programa impreso marca las 13:30 horas como el inicio de las actividades musicales de la XX Feria del Libro de Antropología e Historia (FLAH). No son ingleses, pero su puntualidad hace que lo parezcan. Desfila por el entarimado un grupo de jóvenes ataviados con ropas negras y rojas, algunos ondean sus rastas y otros se sacuden sus cortas cabelleras. Entre sus piernas, los otros protagonistas: yembes, dun dun, sang bang y kenkeny, sus grandes tambores, diría alguien del público.
La alineación estaba lista aunque no completa. A los mencionados se unió un trío formado por una mujer y dos caballeros cubiertos por guayaberas y ropas típicas del sureste mexicano. Un par de timbales, una maraca y la concha de un gran caracol, sus acompañantes.
Es el ensamble Kuauh Yohual, compuesto por las agrupaciones Okahnini, un solo corazón en lengua yoruba, y Soneros, que se presentó en el patio central del Museo Nacional de Antropología, con su espectáculo Afrikalco —la casa de África en nahuatl— en el marco de la FLAH.
Después de un intercambio de miradas entre sus respectivos líderes, a manera de sincronización, comenzó el concierto acompañado por un aplauso de bienvenida por parte del respetable.
Una serie de sonidos graves envolvieron a los espectadores que ocuparon el total de las sillas colocadas para el disfrute de los eventos al aire libre. Eran el yembe y el dun dun. Pronto, el resto de los instrumentos se insertaron en las melodías, las cuales se convirtieron en el perfecto motivo para que un grupo de chavas con percings en cejas y labios, y uno que otro tatuaje perdido en la piel, comenzarán los bailes representativos de la cultura africana.
Primero el ritmo Moribayasa, el cual, según palabras de César Sánchez Jardón, director del ensamble, se toca una sola vez en la vida, y se dedica a un árbol de mangos que es milagroso, para pedirle cuando se está necesitado o a manera de agradecimiento por algo positivo que sucedió en tu vida.
Un fuerte grito y un corte abrupto fueron los indicadores de que la pieza llegaba a su final, pero que una nueva llegaba. Era turno de Soneros, quienes musicalizaron pasajes de la historia del Negro Yanga, príncipe africano que encabezó uno de los primeros movimientos libertarios de esclavos contra los españoles, en territorio mexicano. Citas y rimas sobre la historia de este acontecimiento eran acompañadas por timbales y maracas.
Una vez más las notas melódicas producto del golpeteo contra las membranas de los tambores, abandonaron el sangbang y el kenkeny. El ritmo conocido como Soli era interpretado con mucha energía y a una velocidad vertiginosa; “tiene su origen en algunas etnias del continente negro, donde se interpreta para preparar la circuncisión”, comentó Sánchez Jardón.
De nuevo aplausos que se mezclaron con la música sin permitir establecer el fin de cada acto. Sofa fue la tarecera interpretación. Con ella se venera a los guerreros cuando van o regresan de la batalla, por eso la representación de un enfrentamiento armado a cargo de algunos miembros del ensamble.
Se ve que lo disfrutan, que se divierten estos muchachos —sentenció una mujer perdida entre el público. Que toquen otra —arremetió. Aquí no había desierto ni el Río Papaloapan estaba cerca. Lo que sirvió de escenografía para la última tanda de la tarde fueron los grandes edificios de Polanco que se observaban al fondo. Otro ejemplo del sincretismo cultural visto desde el MNA.
Los integrantes intercambiaron instrumentos. Se dejó escuchar Kassa, melodía que se toca antes y después de la cosecha para obtener buenos resultados. Las bailarinas improvisaron a otras del público, invitándolas a danzar sobre el templete para rebelándose a ser las únicas con la piel sudada. Hubo alguna que se apenó, pero el resto dejo todo sobre el escenario. Terminaron los ritmos y las palabras musicalizadas de los soneros entraron al quite.
“África, nuestra tercera raíz, en México se mezcló con muchos pueblos del país”, mencionó el chico de la guayabera negra a cargo de la primera voz. “Somos corazones tocando corazones, para sensibilizar y eliminar las diferencias entre nosotros”, concluyó. El último y largo aplauso saturó los niveles de los ecualizadores que grabaron el concierto. Se despidieron agradecidos por la ovación no sin antes amenazar sobre su siguiente participación en la FLAH, el próximo sábado 27 de septiembre, a las 14:30 horas.
Violentos cambios de ritmo, coreografías bien estudiadas, contrastes musicales y culturales, pero sobre todo un mensaje de igualdad y respeto fue el que permaneció en el ambiente después del espectáculo Afrikalko. “Celebremos la libertad, pero sobre todo celebremos una América unida por medio de sus raíces, entre ellas la negra”, sentenciaron los músicos.
La XX Feria del Libro de Antropología e Historia se lleva a cabo del 18 al 28 de septiembre, en las instalaciones del Museo Nacional de Antropología, de las 11:00 a las 19:30 horas. La entrada a todas las actividades es gratuita.
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