-¿Y no es importante que yo conozca una flor única en el mundo, que no existe en ninguna parte, salvo en mi planeta, y que un corderito puede aniquilar una mañana, así de un solo golpe, sin darse cuenta de lo que hace? Esto, ¿No es importante?
-¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.
-Si alguien ama una flor de la que no existe un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira las estrellas. Se dice: “Mi flor está ahí, en alguna parte…” Y si el cordero se come a flor, para él, es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿No es importante?
No pudo decir más. Estallo bruscamente en llanto. La noche había caído. Yo había dejado mis herramientas.
No me importaban ni el martillo, ni el perno, ni la sed ni la muerte. En una estrella, en un planeta, en el mío, la tierra, había un principito que necesitaba consuelo.
Lo tome en mis brazos, lo acune. Le dije: “La flor que amas no corre peligro… Dibujare un bozal para tu cordero. Dibujare una armadura para tu flor… Di…”
No sabía bien que decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo llegar a el, donde encontrarlo…
¡Es tan misterioso el país de las lagrimas!